Joan Sangenís: "En el Priorat, ahora mismo, es como si todos volviéramos un poco a los orígenes"

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10/26/2018

Al frente del Celler Cal Pla, de Porrera, fundado en 1814, Joan Sangenís es la séptima generación de su familia dedicada al cultivo de la vid y la elaboración de vinos. El lunes 12 de noviembre, en Aguiló Vinatería, hemos organizado una cata vertical de su blanco, un imprescindible de la DOCa Priorat: Mas d'en Compte, que este 2018 celebra su vigésimo aniversario.

Hace veinte años que elaboraron su blanco Mas d'en Compte. Siempre se ha considerado una rareza hacer blancos en el Priorat, no?

Es así y, al principio, ni siquiera nosotros teníamos muy claro a dónde nos llevaría este blanco, porque en 1998, aquí en el Priorat, se elaboraban muy pocos vinos blancos y era un camino que tenías que empezar a andar. No era lo mismo que con los tintos, que ya tenían un camino más o menos trazado en esta tierra. En el caso de los blancos, no. Era ir a contracorriente.

¿Y por qué un blanco?

Nosotros teníamos un poco de viña blanca, tampoco mucha. El detonante, sin embargo, fue la compra de una finca que es Mas d'en Compte, que acabó dando nombre al vino. Esta finca tenía unas zonas que, por sus características, no nos parecían óptimas para plantar variedades tintas, con lo cual decidimos probarlo con uva blanca. Es decir, la decisión de hacer blancos fue más bien una decisión vitícola que no otra cosa. Inicialmente, no pensábamos tanto en qué vino queríamos hacer, sino en cuáles eran las características de la nueva finca, y qué uva podíamos obtener de ella. Esto era en 1986 ...

Doce años antes de sacar el primer vino...

Exactamente. Esperamos el momento óptimo para sacar el vino, pero también es verdad que en estas decisiones también hay condicionantes personales: en 1998 yo había terminado de estudiar enología en Falset, y era cuando tocaba hacerlo. No dejamos de ser una bodega familiar.

¿Ha cambiado el concepto del vino en estos veinte años?

No. Es un vino que, desde el principio, ya nos gustó mucho como había quedado, la evolución con el tiempo ha sido buena y la verdad es que es un vino que nos funciona. La esencia y el modo de hacerlo no lo hemos cambiado. La base es la garnacha blanca y, después, utilizamos el xarel·lo y el picapoll como variedades que nos refrescan un poco la garnacha, que siempre tiene mucho cuerpo y, a veces, necesita un poco de acidez.

Y con un toque de madera.

Sí, lo pasamos por barrica. Es otra de esas cosas que con el tiempo han cambiado. Hace unos años era una práctica muy habitual, y ahora, en cierto modo, ya es ir un poco a contracorriente. Pero es lo que decíamos: este vino siempre nos ha gustado y su evolución ha sido buena. Por lo tanto, seguimos haciendo un poco de crianza con este blanco. No pensamos cambiarlo.

Esto no es malo...

Nosotros también lo pensamos. Hacer cambios muy radicales con algunos vinos puede ser contraproducente. A veces, abres una botella de una marca de vino que conoces y resulta que ya no tiene nada que ver con el vino que habías probado unos años antes, lo han cambiado tanto que es otro vino.

Ustedes son una de las bodegas tradicionales de Porrera. ¿Cómo veis el momento actual desde un punto de vista enológico y vitícola en Porrera?

Yo creo que estamos en una fase de redescubrimiento. Los últimos veinte años, sobre todo con respecto a los tintos, se ha seguido una línea de vinos contundentes, a partir de la concentración, la maduración y la madera, y ahora se intenta dejar atrás la influencia de la madera, sacar partido a las variedades autóctonas y, incluso, tratar de recuperar prácticas tradicionales que posiblemente habíamos menospreciado. En el Priorat, ahora mismo, es como si todos volviéramos un poco a los orígenes después de habernos creído que todo lo que era moderno y venía de fuera siempre era mejor, que no había discusión.

¿Y el relevo generacional en la tierra? ¿Hay jóvenes agricultores de veinte años?

Aquí en Porrera, sí, todavía está todo algo animado. Todavía hay gente joven que lo intenta, y el vino es ahora una opción de futuro. Hay jóvenes de 25 y 30 años que están tomando las riendas de las viñas, y que incluso se atreven con alguna pequeña bodega. Y hay estudiantes adolescentes de enología. La verdad es que aquí en Porrera no nos podemos quejar, en este sentido, aunque me consta que hay pueblos donde este relevo generacional en la tierra resulta más complicado.